Es difícil definir con una palabra mi primer concierto medio cañero en tierras germanas. Veamos si la Real Academia nos ayuda: “Concierto= Función de música en que se ejecutan composiciones sueltas”. No, se queda corto. “Show=Acción o cosa realizada por motivo de exhibición”. Con un grupo tan intimista, tampoco parece que el único motivo sea el de exhibirse. “Experiencia=Hecho de haber sentido, conocido o presenciado alguien algo”. Si cambiamos “o” por “y” sería la definición perfecta.

Por partes. Alguien (un servidor) conoció el comportamiento de los alemanes en un concierto de estas características. Orden, estatismo, respeto por los demás espectadores, silencio y admiración en la mayoría de las canciones, y explosión de júbilo al final. El carácter teutón llevado a este terreno: pasión, pero todo siempre dentro de unas normas. Ah, y con un tipo vendiendo unas galletas y bretzels (galletitas saladas de tamaño grande) que llevaba en una cesta como la de Caperucita.

Alguien (alrededor de 700 espectadores) presenciamos un concierto con un sonido impecable en casi todos los temas, y con una amplia representación del último “We’re here because here”, cuyas canciones ganan bastantes enteros en directo. Eso sí, también hubo tiempo para repasar la heterogénea discografía del grupo, e incluso de cerrar con una versión más que decente de “Kashmir” de Led Zeppelin.
Y alguien (los 700 espectadores junto con los componentes del grupo) sentimos la potencia de “Fragile dreams” o “Lost control”, sentimos la grandiosa sencillez de “Are you there?”, “Inner silence” o “One last goodbye”, sentimos el aura de felicidad, desconocido hasta ahora en este grupo, que derrochan las nuevas “Thin air” o “Summer night horizon”, sentimos el halo reflexivo de “Temporary peace” o “Flying” y sentimos cómo nos acariciaban las entrañas con “A natural disaster”.

Todo ello gracias a un set-list equilibrado, que pasaba de lo acústico e intimista a lo más duro sin que se vieran las bisagras, y gracias también a la cohesión de todas las piezas. El clan Cavanagh llevó el peso escénico, mientras que John Douglas en la batería y Les Smith en los teclados ejercieron con discreción de metrónomos. Mención aparte merece Lee Douglas, tan tímida como maravillosa cantante, que con su voz de sirena aportó una dimensión insuperable a la mayoría de los temas.
En definitiva, hay grupos a los que hay ver en grandes pabellones para disfrutar de su espectáculo, y hay otros, como Anathema, de los que es casi una obligación disfrutar en salas de pequeña o mediana capacidad, para implicarse de lleno en la experiencia casi litúrgica que ofrecen. Los tendréis en el Sonisphere, pero si esperáis a otoño, seguro que tenéis oportunidad de disfrutarlos en mejores condiciones.
Texto y fotos: Miguel Hernández (Fiti)
|